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El Fin De Todos Los Males

Capítulo 2

Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre perfecto, pero ellos se buscaron muchas cuentas. Eclesiastés 7:29

Las palabras correctas no nos llegan a la mente, ni sabemos como reaccionar ante las situaciones, simplemente por falta de sabiduría. Ya lo dijo quien lo dijo; el sentido común no es el más común de los sentidos. Que muchos problemas nos hubiéramos evitado con las palabras o acciones correctas, dichas o hechas a tiempo. Los hermanos de Luis José estaban grandotes y eran muchos, pero nunca había ocurrido tal cosa como que se unieran para partirle el alma a alguien. Difícilmente entraban en disputas, pues todo se lo tomaban a broma. Pero siempre existe un límite. El único que sí tenía fama de pendenciero era Luis Raúl, y por lo general sus hermanos no le daban la razón, sino que se ponían del lado de su adversario y no del suyo cada vez que tenía algún pleito. Aunque los hermanos de Luis nunca fueron unos santos, entre ellos, Luis Raúl era la oveja negra. Mientras que sus hermanos no habían sido más que consumidores casuales, él siempre quiso ser gangster y traficar con drogas y todo eso. Por eso mismo se encontraba preso cuando los sucesos de aquella noche. Aquella noche. Muchas cosas cambiaron después de aquella noche. Los dos hermanos que aun no se habían enterado de lo sucedido, lo hicieron tan pronto llegaron. Se disponían a ir al hospital cuando vieron venir los otros dos que habían llevado a Ramón. Uno de ellos fue a su gaveta y sacó un revolver, y los cuatro se fuero a encontrar a Papaíto. La silla mecedora estaba vacía. Tampoco estaba con alguna de las mujeres que frecuentaba. Alguien les dijo que se había ido en lo que venía la policía y la cosa se enfriaba. Papaíto fue advertido de que los hermanos lo buscaban, pero queriendo hacerse el más macho se apareció por allí par de horas después. Cuando Luis llegó del hospital con su hermana y su mamá, como a las cinco y media de la mañana, estaban levantando el cadáver de Papaíto. Entre los cuatro hermanos le habían dado una golpiza y tirado desde el quinceavo piso.

Para que no se los llevaran presos a los cuatro el mayor, después de Ramón, dijo a la policía que él solo había golpeado y matado al tipo.

El que apodaban Chino, continuó corriendo el negocio que antes fuera de Papaíto; pero lo hacía desde la distancia. Cuando venía al caserío ni siquiera se bajaba del automóvil. Cuando finalmente se atrevió a hacerlo, dos meses después, Luis Raúl, que acababa de salir de la cárcel, lo vio desde el apartamento de una amiga. Saltó por el balcón, subió por la entrada de atrás del edificio, corrió hasta el piso trece, agarró un machete que había detrás de la estufa, y salió a matar al tipo. Eran como las diez de la mañana y el punto estaba lleno de gente. Luis Raúl pasó entre la multitud como una navaja. Y todo lo que aquel hombre alcanzó a ver fue la hoja del machete viniendo hacia su cara. Pero la policía se llevó arrestado al hermano equivocado, cuyas huellas aparecieron en la hoja del arma homicida y en una porción del cabo forrada con cinta aislante. Y aunque Luis Raúl confesó que había sido él, no le creyeron. Incluso fue puesto en desacato a causa de su insistencia. Esto porque sus huellas no fueron legibles en la desgastada madera del mango del machete; y porque era, según la corte, imposible que alguien bajara del apartamento en un tercer piso, donde él alega que estaba, corriera al edificio contiguo, subiera trece pisos y volviera a bajar, en el minuto y veintiún segundos que estuvo el Chino hablando por su celular intervenido, desde que se bajó de su auto hasta el momento en que fue asesinado.

---Lo hubiera hecho más rápido aun si no hubiera tenido que ponerme los tenis primero--- lo oí decir un día. El hermano de Luis, que fue acusado por la muerte del Chino, terminó en la misma cárcel donde estaba mi hermano. Entonces mi mamá y la de Luis iban juntas a la cárcel a visitar sus hijos. Antes de eso mi mamá y la mamá de Luis se conocían solo de vista. Luis Raúl, como siempre había querido ser gángster, se quedó con el punto, y sus dos hermanos mayores se pusieron a trabajar con él.

Después de aquellos eventos la hermana de Luis se mudó de la casa y solo venía de vez en cuando a ver a su madre. Con el tiempo, las visitas fueron menguando; y después de la muerte de la señora, la hermana de Luis simplemente desapareció. Muchas cosas cambiaron en aquellos días. Desde entonces comencé a ver el mundo de una forma diferente, y vi una de cosas, que terminé no creyendo en nadie y esperando siempre lo peor. He visto gente que mata a otros seres humanos solo por ser de otra raza, otro país u otra religión. Reverendos violadores de niñas y niños. Padres que fingen accidentes como método tardío de control natal. He visto hombres que no componen nada bueno en esta sociedad, escudarse cobardemente de las balas enemigas detrás de bambinos inocentes, que de seguro hubieran podido llegar a ser mejores seres humanos de lo que ellos jamás serían. Pero nunca me imaginé que pudiéramos volver a los tiempos de la Inquisición. El temor y el amor no pueden habitar en un mismo corazón. Pon el miedo en la mente de la gente y desaparecerá todo rastro de compasión y misericordia. Todo cambia. Todo menos la egoísta naturaleza humana. Todo cambia. Amigos se convierten en enemigos. Por ambición traicionan y matan por la espalda a quien una vez pusiera comida en su mesa... Dios mío, nuevamente estoy divagando, pensando mil cosas a la vez. Quizá esta fuera de nuestro poder cambiar nuestra naturaleza, pero si hay un poder bajo el cual puede ser sometida. Lo se porque lo vi con mis propios ojos. Y aunque viéndolo no lo entendí, ahora sí lo creo. Mi forma de ver el mundo ha cambiado nuevamente; pero muy tarde. ¿Ves? Eso también cambió. Mis ideas. Mis conceptos y creencias. Lo que antes creía con toda certeza se ha convertido en falacia, y las fábulas que no creyera se han tornado en verdades absolutas. Como aquel viernes cuando sentí que todas aquellas historia que de Ramón se decían eran ciertas, esta noche, aquí acostado mirando tu cielo, no tengo la menor duda de que todo aquello que escuché sobre ti y que nunca quise creer, es verdad. ¿Qué hace más dignos de confianza a los que buscan sus eslabones perdidos en los estratos de la tierra que a aquellos que los que los buscan en las páginas de algún libro sagrado? Si las estrellas naranjas después se tornan en rojas gigantes, ¿quién lo ha visto suceder? ¿O quién estuvo allí para certificar que los dinosaurios se extinguieron por un cometa que se estrelló con la tierra y no por un diluvio universal? Si la vida surgió hace dos mil quinientos millones de años o solo seis mil, ¿quién estuvo allí que lo confirme? Y al final, ¿qué diferencia hace eso a la hora de definir qué es bueno y que es malo? Pues si tú no existieras y Cristo fuera solo un mito, no por eso deja de ser el ser humano ideal y el mejor ejemplo a imitar. Y todos aquellos que nos jactamos de nuestro estado cognitivo, si realmente tuviéramos una pizca de razón y de sentido común, procuraríamos imitar a Cristo y enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo, para que este mundo se salvara de su ineptitud. Toda mi vida me la pasé creyendo que era más listo que el promedio de la gente porque no creía en sus teorías fabulosas. Pusimos en guerra la ciencia y la religión. La primera dice andar buscando la verdad, la segunda asevera que la tiene. Pero ambas requieren fe. Todo cambia. La gente, las creencias, las cosas. Todo... Excepto el amor.

Un día fui a buscar mi bicicleta y desde mi balcón vi a Albertito en el suyo, con la cabeza entre las manos y la mirada perdida. Ese día me propuse estar para él como lo hubiera estado su hermano. Pero auque lo invitaba a andar con nosotros, ya no le interesaba hacerlo. Así que comencé a irme con él y con su tía todos los sábados a la iglesia, hasta un día que no quiso volver a ir. En la escuela y en el caserío siempre traté de estar de su lado, pero la tarea se me hacía cada vez más difícil. El callado y tímido Alberto se tornó el más problemático y peleón. Se peleaba con cualquiera, hasta con muchachitos mucho más grandes que él. Si no fuera por Luis, que salía en mi ayuda, en más de una ocasión me hubiera buscado que me partieran la cara por estar defendiendo a Alberto. Un año después de la muerte de Rafaelito, Alberto y sus padres se mudaron del caserío. Dos años después, el mismo año que murió la mamá de Luis, mi madre y yo también nos fuimos del residencial. Pero Luis y yo seguimos viéndonos a diario en la escuela. Fue a Albertito a quien no volví a ver en largo tiempo. Luis si lo veía por el caserío y me mantenía al tanto. La próxima vez que yo volví a ver a Alberto, fue cuando comenzaba yo mi último semestre de high school. Él ya tenía trece años. Fue en el área de los restaurantes de Plaza. Estaba sentado a una mesa, periódico en mano, tratando de hacerme el interesante. Buscaba impresionar a mi vecina. Una muchacha mayor que yo, y que trabajaba por allí. En eso, Alberto se apareció, y poniendo la mano en mi hombro me saludó. Andaba con un cigarrillo en la oreja llena de pantallas, y un tatuaje en el cuello escrito en chino que supuestamente leía "la muerte te hace libre." Hablamos un rato. A mi me pareció alguien totalmente diferente, un perfecto extraño, por su manera de hablar sin que faltara una mala palabra en cada frase pronunciada, y en la seguridad descarada con que le hablaba a las muchachas que pasaban por allí. Al despedirse me dijo: "Me alegra verte caballo. Usted sabe que usted es como mi hermano." Unas semanas después mi mamá y yo nos encontramos a la madre de Alberto, y nos contó que lo habían metido en un programa de rehabilitación para adictos. Para mi madre fue una mala sorpresa, pero ya Luis me había contado hace mucho las andanzas de Albertito. Esa misma tarde fui al caserío y allí lo encontré. Se había escapado del programa. Después de eso, Luis y yo lo volvimos a llevar a centros de rehabilitación unas tres veces, pero nunca duró una semana entera. Siempre quise ayudarlo pero él no quería ser ayudado. Hubiera querido metérmele por dentro y hacer por él todo lo que yo creía que él necesitaba. Pero no podía. Y además Luis ya tenía suficientes problemas como para ayudarme a resolver los de Alberto.

Lo había notado ensimismado todo el día en la escuela. Estaba a punto de preguntarle que le pasaba, cuando el mismo me confesó: "Yamileth está preñá." Era la hija del pastor de la iglesia evangélica donde solía ir Ramón. Después de la puñalada y la golpiza, Ramón quedó casi un vegetal. No podía hablar, su mirada permanecía perdida como mirando algo que nadie más podía ver. No podía comer ningún alimento sólido y, algunas veces, no podía siquiera pasar líquidos. Cuando eso sucedía había que inclinarle la cabeza para que no se ahogara con su propia saliva. Pero a una hermana de aquella iglesia le dio con decir que Ramón todavía podía ver, oír y entender. Y que si lo llevaban a los servicios le haría mucho bien. Así que Luis comenzó a llevarlo todos los domingos y noches de culto. Fue allí que él y Yamileth se conocieron. A ella le atrajo aquel muchachito lampiño de ojos grises y cabello negro que se preocupaba por llevar a su hermano inválido a la iglesia. Y a Luis le atrajo aquella muchachita tan dulce que recibía y despedía a todos a la puerta de la iglesia. Ella era de baja estatura, delgadita, y con la piel trigueña y bien velluda; con una abundante cabellera negra y unos ojos negros achinados que cuando reía casi se cerraban; y que junto con los rotitos que se formaban en sus mejillas hacían de aquella sonrisa la perdición de cualquier muchacho pecador. Luis pensó que no tenía nada que ofrecerle a aquella muchacha. Pero la niña si había visto algo en él. Siempre se sentaba a su lado en el último banco de la iglesia y trataba de hacerlo cantar; aunque Luis nunca lo hacía. Un día Luis se acordó de unas cintas de música religiosa que su hermano tenía y que antes solía escuchar día y noche. Como estaba convencido de lo que aquella señora dijera respecto a la condición de Ramón y del bien que le hacía ir a la iglesia y todo eso, rescató las cintas del almario donde paraba toda la basura con cierto valor sentimental. Las cintas estaban inservibles, pero las llevó a la iglesia si por casualidad alguien sabía quines eran los cantantes. Y con la ayuda de Yamileth, así fue. Solo había un lugar en el cual posiblemente podía encontrar lo que buscaba, y se decidió a ir el lunes temprano. Yamileth le propuso acompañarlo, pero Luis se negó. Mas cuando llegó al lugar, Yamileth ya estaba allí. Se había escapado de la academia donde estudiaba y ya lo estaba esperando. Ella lo acompañó toda la mañana, y cunado Luis le agradeció al despedirse, y ella le robó un beso. Estuvo castigada un mes por la escapada del colegio, pero como el castigo no afectaba el poder ir a la iglesia, no le importaba, pues todos los días de culto veía a Luis. El martes en el salón le pregunté que le había pasado. Le pregunté bromeando si le había dado diarrea; y él solo me contestó: ---"Loco, estoy enamorado."

Al medio día me hacía acompañarlo en bicicleta hasta el colegio donde Yamileth estudiaba. Pero luego lo dejé que se fuera solo, porque aquello de quedarme sin almorzar para verlo dándole besitos a su novia a través de una verja no me parecía buen negocio. Y seguro que a ella tampoco le agradaba mucho que yo estuviera allí de chaperón. Ya bastante tenían con tener que esconderse del personal del colegio Estábamos en el segundo semestre del onceavo grado cuando Yamileth le dijo que estaba embarazada. Desde la noche que casi matan a Ramón yo no había visto a Luis tan asustado. Pero cuando salíamos de la escuela me dijo resuelto: "Yo la quiero. Y a mi hijo yo lo hecho pa' lante, así me tenga que joder."

Estaba decidido a ir y hablar con el padre de la muchachita, pero no hizo falta. Cuando llegamos al caserío ella estaba allí, con una mochila sentada en la entrada del edificio, con el rastro de muchas lágrimas sobre el canela de sus mejillas. Su padre la había echado de la casa al enterarse que estaba embarazada. Uno de los hermanos de Luis, al cual apodaban el Gordo, bajaba en ese momento; y preguntó: ---"¿Y ese bulto?"--- Ella pensó que se burlaba de su mochilita de Snoopy, de la cual había sacado todos los libros del colegio para meter algo de ropa. Pero Luis sí comprendió a que se refería su hermano. El Gordo no necesitó explicaciones para saber lo que estaba pasando. Cuando ya estábamos arriba el Gordo subió de la calle y entró a la cocina. Luis que estaba sentado con Yamileth en el sofá se levantó y fue también a la cocina.

---No me digas ---le dijo su hermano sin siquiera permitirle comenzar a hablar---, la preñaste y la botaron de la casa. En eso subió el otro hermano.

--- ¿Y a quién se le perdió esta muñequita? ---dijo a toda voz, y el Gordo con la mirada le señalo a Luis. Solo eso le bastó para entender. Y con la misma voz de quincallero gritó: ---"Bueno, al menos ya sabemos que el nene no es pato."--- Yo había subido con Luis queriendo ayudarle de algún modo. Pero desde que iba subiendo sentía que más bien estorbaba. Así que me despedí tan pronto pude, y me fui. La madre de Yamileth se apareció esa noche en la puerta y se llevó a su hija. Luis trató de decirle algo, pero la señora no le dio oportunidad. Tan pronto él se le acercó, ella le dio una bofetada. Su hermano que iba saliendo le dijo: ---"Acuérdate que la suegra es cristiana. Tienes que ponerle la otra mejilla para que acumules puntos."--- Al día siguiente cuando Luis regresó de la escuela encontró a Yamileth en la sala. Había estado esperando a la entrada del edificio otra vez, pero el Gordo, la vio allí sentada y la convenció a subir al apartamento diciéndole que sentada allí cualquiera la podía escupir de arriba o tirarle basura. También la madre de Yamileth volvió a aparecerse en la puerta. Pero no para llevársela, sino para traerle el resto de sus cosas. Los tres hermanos estaban en la cocina observando a Luis, a la niña y a su madre, y todo cuanto hacían.

---Y eso, que son cristianos --- susurró uno. Y Luis Raúl le contestó: Si no fueran cristianos a lo mejor el viejo ya hubiera venido con una escopeta.

Luis dejó la escuela y se fue a trabajar como repartidor de pizza. Mi madre ayudó a Yamileth a conseguir un apartamento en el caserío. Pero por más que mi madre le aconsejó que mintiera y dijera que era madre soltera, ella no lo hizo. Aunque, como muchos, Luis había soñado con una vida fuera del caserío, cuando nació su hija aquel sueño se convirtió en deseo vehemente. Pero el deseo no era suficiente El dinero apenas alcanzaba, y nunca sobraba para ahorrar. Después de siete meses repartiendo pizzas, Luis Raúl lo convenció de que solo trabajando con él podía hacer dinero suficiente. Yamileth nunca estuvo de acuerdo, pero Luis lo hizo de todos modos. Ya los dos hermanos mayores lo hacían, pero aquellos dos albañiles mediocres no eran muy duchos en cuestiones de negocios y números. A los pocos meses Luis ya les daba instrucciones a los dos mayores. Fue él quien los familiarizó con el concepto de la "Pax Romana". De como la imposición de la ley y el orden terminó beneficiando el comercio, y esas vainas que leyó en uno de tantos libros de la universidad que no me dejó vender cuando ya hube terminado el curso para el cual los necesité. Los convenció de que si todo estaba tranquilo y en orden en el caserío, era menos probable que la policía viniera o que alguien la llamara. Y que si podían hacer del caserío un lugar seguro, la gente preferiría comprar allí y no en otros lugares donde se arriesgaban a que les robaran o les dieran un tiro.

Por causa de Ramón los hermanos de Luis pagaban de su propio bolsillo el arreglo del elevador, pero ahora concientes de su influencia ya no solo se encargaron del arreglo del ascensor, sino de la cancha de baloncesto, los columpios, el alumbrado y hasta del recogido de basura, mientras el gobierno parecía haberse olvidado de que allí vivía gente. Las personas venían ante ellos a contarles sus problemas y ello, como si fueran jueces de los tiempos bíblicos, ejercían juicio y ejecutaban sentencia. El abuso de cualquier tipo no era tolerado. Nadie podía robar dentro del caserío, ni actuar temeraria o irresponsablemente yendo a alta velocidad por el estacionamiento o disparando al aire. Y ellos eran quienes tenían la última palabra sobre quién moría y quién vivía. Cuando los dos hermanos mayores supieron que también hubo una "Pax Mongólica" ellos mismos se pusieron de sobrenombre Gengis Kan y Kublai Kan. Algo que se les ocurrió gracias a una serie de televisión de la cual eran fanáticos. A Luis Raúl le pusieron Tamerlán el Terrible, pero a él nunca le agradó, así que nadie se atrevía a decirle así de frente. Solo sus hermanos le llamaron así por algún tiempo, hasta que se cansaron de hacerlo. Pero a sus espaldas todos los demás le siguieron llamando así. Su fama llegó a los demás caseríos y a la policía con el nombre de Terrible o El Terrible. La paz había durado ya más de cinco años cuando Luis entró al negocio de la familia. Y duró cuatro años más, después de eso. Durante los primeros cinco años alguno que otro recibió una golpiza de parte de los Kanes, pero ya para el tiempo en que Luis entró en el negocio, todos conocían cual era el código de conducta de aquel nuevo orden público; y la gente hasta se atrevía a dormir con la puerta abierta, cerrando solo el portón en las noches de calor, sabiendo que nadie se atrevería a irrumpir en sus apartamentos. La policía tenía un cuartel en el mismo caserío desde mucho antes de yo nacer, pero eso nunca detuvo los asaltos, el vandalismo, el robo de autos estacionados en el caserío o de neumático y baterías. Nunca detuvo la violencia doméstica, las violaciones, o los asesinatos. Pero los hermanos de Luis hicieron todo eso en dos años, con una justicia brutal de ojo por ojo y diente por diente. Solo bastó un violador muerto por un escopetazo en los genitales para que no hubiera otro más. La gente no tenía necesidad de la policía del Estado. Pero esa misma seguridad trajo como consecuencia más intervenciones de la policía, que entonces parecía no tener otra cosa que hacer que arrestar a los que trabajaban en el punto. Gran parte de lo que la gente se ganaba lo gastaba en pagar abogados. Algunos que solo había entrado al negocio como algo temporero, para salir de alguna crisis, se veían forzados a continuar por haberse metido en problemas y tener que gastar en abogados. Además de que una marca delictiva en el record no representaba solo unos meses de cárcel, sino una reincidencia perpetua, pues ¿quién emplea a exconvictos? Así estaban las cosas al momento en que Luis entró al negocio. La policía era el único problema. Y muchas de las nuevas ideas que introdujo Luis al negocio iban dirigidas a despistarlos un poco. Hizo que sus hermanos usaran teléfonos prepagados que pudieran cambiar cada dos o tres meses. Escribió unos códigos para hablar por radio y teléfono, que eran alternados periódicamente. Un día parecía que estaban hablando sobre comprar películas o ir al cine, y otro día parecía que estaban hablando de la FIFA o la NBA. Un día parecía que hablaban de política, y otro día parecía que hablaban de mujeres. Pero en realidad hablaban de negocios. Además propuso que nadie cargara la droga que vendía, sino que la tuviera oculta en algún lugar y no en su persona. También que se redujera la cantidad de dinero que cada vendedor cargaba encima a menos de setenta y cinco dólares. Cada vez que algún vendedor alcanzaba a tener setenta y cinco dólares un niño venía con un recibo por cincuenta dólares, le daba el boleto numerado al vendedor, quien le daba a cambio los cincuenta dólares con un recibo del vendedor con la información pertinente. El niño entonces subía con el dinero y se apuntaban los cincuenta en una base de datos junto al seudónimo del vendedor. Cuando el vendedor así lo quería iba con sus boletos y cobraba su por ciento de las ventas. Luis también propuso que la droga en bruto se guardara en lugares distintos y por cortos periodos de tiempo, en lugar de mantenerla en un mismo sitio y esperar que la policía no se diera cuenta; y que también se preparara para la venta en un apartamento diferente cada vez. En un momento dado todo el mundo en el caserío ganaba algún dinero producto del narcotráfico o tenía algún familiar o amigo que lo hacía. Muchos por primeras vez supieron que se sentía tener la nevera siempre llena. La gran mayoría veía la policía como intrusos que solo servían para perturbar la paz que los Kanes habían logrado. Paz que la misma policía nunca logró imponer antes. Quienes movían la droga de un apartamento a otro, ya fuera un niño en uniforme escolar en su mochila o su lonchera, o una ancianita en su bolsa de víveres, cobraba cien dólares por viaje. Los niños que servía de mensajeros y los que velaban con radios y silbatos ganaban unos cinco dólares la hora. Solo un dólar por debajo del salario mínimo que el gobierno había concedido, pero sin la retención contributiva. Quienes prestaban sus apartamentos para guardar la droga ganaban unos cien dólares diarios. Y quienes prestaban su apartamento para prepararla ganaban doscientos dólares por una noche. Yo mismo llegué a trabajar una noche preparando droga para la venta. Setenta y cinco dólares la hora por simplemente sentarme en una mesa a envolver pizcas de droga en pequeños cuadritos de papel de aluminio, mientras hacíamos chistes y recordábamos tiempos pasados escuchando música de Bob Marley e Ismael Rivera. Hice unos quinientos dólares esa noche, y créanme que me vi tentado a renunciar mi trabajo y estudios. Pero sabía que mi madre no se sentiría muy orgullosa de mí si se enteraba.

Eso fueron los años dorados. Pero pronto la paz acabaría. Un narcotraficante de otro caserío no estaba muy contento con los negocios de los Kanes, pues los suyos iban en baja. Así que decidió hacerles la guerra y añadir el residencial de los hermanos de Luis a su territorio. Su gente tiroteó el caserío hiriendo a los dos hermanos mayores. El Terrible se montó en una motora con dos Ingram y él solo siguió el carro de lo tipos hasta el otro caserío y allí los mató. Esa misma noche mientras él que había ordenado el tiroteo estaba parado en una luz roja, escuchó una bocinita. Cuando volvió la cara, el Terrible estaba al otro lado de la avenida. Trató de huir pero lo alcanzaron las balas y fue a dar contra un poste. Allí el Terrible lo remató. En los días siguientes mató a otros tres que no quisieron trabajar bajo nueva administración, entre los cuales estaban dos de los que habían ayudado en la golpiza que le dieran a Ramón. Y aquel que había pretendido agregar un caserío más a su territorio terminó heredándole los suyos a aquel que había tratado de despojar. Tres caseríos en total, con sus colindantes, vinieron a ser territorio del Terrible. La paz nunca más volvería después de eso.

La hija de Luis nació en noviembre. Cuando Estefanía estaba por cumplir los dos añitos nació Jared. Ya para aquel entonces Luis había ahorrado suficiente dinero como para comprar una casa modesta. Pero ahora estaba convencido de que para que su familia pudiera estar segura iba a necesitar mudarse a un lugar exclusivo y con mucha seguridad. Así que tendría que seguir guardando. Aunque con la ampliación del territorio Luis pasaría de hacer menos de cincuenta mil pesos al año a hacer esa misma cantidad en cuatro meses.

La madre de Alberto llamó a casa como a las siete de la noche. Habían tenido una discusión hacía dos días. Ella le reclamó si se quería morir. A lo que él le contestó: ---Es que no te has dado cuenta. Lo que estoy buscando es quién me haga el favor.--- Le prometí que saldría a buscarlo. No pensé que fuera algo difícil. Solamente ir al caserío y allí de seguro lo encontraría. Yo me sentía incómodo con que Luis le vendiera droga a Alberto.

---Si no la compra aquí la compra en otro la'o ---me decía. Alberto ya era adicto a la heroína desde hacía más de tres año. ---Por menos de lo que Alberto me debe a mi, en cualquier otro punto ya lo hubieran mata'o.--- Luis siempre estuvo a favor de la medicación de la heroína, aun cuando tal cosa significara la pérdida del negocio de la familia. Sin embargo fuera del caserío la política del gobierno se volvía más victoriana día tras día. Ya hasta existía una ley seca los domingos, y se hablaba de prohibir el alcohol totalmente como en los Estados Unidos para los años treinta. Luis decía que el adicto pasa todo el día tratando de conseguir suficiente para la cura, haciendo y soportando lo que sea. ---"Los adictos también son seres humanos" ---decía---, "y muchos viven vidas que ni los animales debieran."--- Yo por mi parte, decía al principio que eso era solo poca vergüenza, pensando que yo también me crié en un caserío y pasé necesidades y momentos difíciles, y nunca salí corriendo a darme por el bejuco. Luis tampoco uso drogas ni siquiera cuando las vendía. Yo no sé de donde obtuvo su motivación para resistir la tentación. Pero si sé de donde obtuve la mía. Yo se que mi madre me hablaba acerca de las drogas, pero no recuerdo ni siquiera una frase de lo que ella me dijera. Lo que si recuerdo es que un día, cuando yo tenía seis años. Bajé con mi bola de baloncesto y me encontré la cancha llena de gente. Me acerque para ver, y allí en el mismo medio de la cancha estaba tirado un tipo que se había ido en shock a causa de una sobredosis. Nadie allí sabía nada de primeros auxilios, así que sus amigos trataban de reanimarlo como fuera. Uno le daba respiración boca a boca como en las películas. Otros le ponían hielo en los genitales. No se si el tipo sobrevivió aquel episodio. Lo que sí sé es que para mi eso fue suficiente como para nunca tocar siquiera un cigarrillo de marihuana. Nunca use drogas, no porque fuera lo correcto, sino por miedo. Luis me decía: ---"Tal vez muchos adictos comienzan a usar drogas por pura poca vergüenza como tu dices. Pero cuando ya son adictos no se meten droga por pura poca vergüenza, sino por necesidad. Los adictos son enfermos. No son consejos lo que necesitan. Los consejos ya están tardes. Lo que necesitan es ayuda."--- Pero nunca me convencieron sus argumentos. Al menos no al principio. Hasta aquella noche que fui al caserío buscando a Alberto. El suelo estaba mojado por una llovizna caída apenas unos minutos antes. Los edificios estaban repletos de lucecillas en un conjunto desordenado de colores y formas que ni por casualidad combinaban unas con otras. Cuando llegué al punto, el Terrible, disfrazado con gafas oscuras una gorra y un bigote postizo en forma de herradura, estaba sentado en una vieja silla de ruedas de Ramón, justo donde solía estar la mecedora de Papaíto. Detrás de él estaban los Kanes parados. El gordo fumando junto a un enorme radio portátil con música navideña, y el otro besuqueándose con una mujer que no logro imaginarme como metió aquellas nalgas dentro de aquel pantalón. Luis estaba sentado en el bonete de un carro de esos que, a sugerencia suya, el Terrible había colocado en lugares estratégicos, con los baúles repletos de armas. Algunos de los vendedores que me conocían me saludaron al llegar. Los mismos saludos de siempre: "¿Qué pasa?" "¿Qué haces?" "Pues aquí. La misma jodienda, pues no hay más na'." Le di la mano al Terrible que me saludo con su habitual "papi". Y saludé al gordo que estaba sentado atrás sobre el transformador fumando. "¡Chapu!" me dijo devolviéndome el saludo. El otro Kan estaba muy envuelto en lo suyo como para saber que estaba pasando a su alrededor. En una el Terrible se volteó y les dijo. ---Coño váyanse a un cuarto que hay niños aquí.

El punto, era el punto. Como siempre, estaba repleto de gente. No solo de compradores sino de muchachitos deseosos de conseguirse una propina por algún mandado, y muchachitas interesadas en conseguirse un noviecito con algo de dinero mal habido. O cómo les decía don Quique: muchachitas con "culitos contentos." Cuando me tocó leer El Entierro de Cortijo en la universidad, descubrí de donde había sacado la frase. El Terrible tenía hijos con siete mujeres diferentes en el caserío. El Gordo siempre decía "este es como Husein, nunca duerme dos noches seguidas en el mismo sitio". Hasta el mismo Luis, que todas sabían estaba casado y tenía hijos, no se libraba de los avances e insinuaciones de las mujeres. En una ocasión, ya nacida Estefanía, llegó a ceder a la tentación. La mujer después se le apareció en la casa y le dijo a Yamileth que iba a tener un hijo de Luis. Aunque el hijo después de todos resulto no ser de Luis, este por poco pierde su matrimonio ya algo frágil por el cargo de conciencia que a su esposa le causaba el que él se hubiera convertido en narcotraficante. Luis me ofreció una cerveza haciéndome un gesto con la que tenía en la mano. Horita ---le dije---. Ando buscando a Alberto.

Luis le dijo a un ragazzo que estaba a su lado con un walky talky que averiguara si alguien había visto a Alberto. El muchachito transmitió la pregunta y al instante recibió una respuesta afirmativa. Entonces le pidió al muchacho que me llevara hasta donde estaba. Nos fuimos por detrás del edificio donde solían vivir Rafael y Alberto de niños, pasando por un camino oscuro. En la distancia se escuchaba la voz de un cantante cumpliendo su promesa de cantarle a su patria desde la otra vida. Llegamos a unos apartamentos abandonados. Checkea ahí adentro ---me dijo el muchacho. El sitio era pestilente. Entré por el balcón hasta la sala pisando en la oscuridad sobre basura, escombros y no se que más. Se escuchaban los rápidos pasitos de ratas sobre los cartones tirados en el suelo, que servían de cama a los adictos que allí pernoctaban. Una mujer salió fugaz por el pasillo y se fue por donde mismo había entrado yo. En la cocina habían tres individuos preparando la droga para inyectarse. La luz de la llamita bajo la cuchara era lo único que los alumbraba. Pasé el primer cuarto y el baño. Seguí hasta las otras dos habitaciones al final del pasillo, y en la de la izquierda encontré a Alberto casi inconciente. Había un perro acostado a su lado, y otro lamiéndole los dedos de la mano. Lo levanté y me lo eché al hombro. Tenía un olor nauseabundo a orín y excremento. Cuando salí de aquel lugar le pregunté al ragazzo si sabía conducir y le di las llaves de mi carro para que lo trajera lo más cerca posible. Él y Luis aparecieron como cinco minutos después. Luis me ayudó a subir Alberto al carro. Avísame si necesitas algo ---me dijo. Sí. Te voy a necesitar mañana para que me ayudes a lavar el carro. No quise llevar a Alberto con su madre, así que lo llevé a casa y, como pude, lo tiré con todo y ropa dentro de la tina del baño. Abrí la llave del agua y comencé a quitarle la ropa tirándola directamente en la basura. Llamé a su madre para que no se preocupara, y le dije que se lo llevaba "mañana por la mañana". Regresé al baño con todas las botellas de shampoo y jabón que encontré. Me senté al borde de la bañera y Alberto me miró con lágrimas en el rostro. Fue entonces que comprendí lo que Luis me venía diciendo hacían tanto tiempo. Los adictos también son gente. También tienen derecho a vivir con dignidad.

Capítulo 3

Esto no es una publicación oficial de la Iglesia Adventista de Séptimo Día, ni pretende representar el sentir oficial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, ni de ninguna otra organización religiosa. Todo el contenido es responsabilidad del autor; Víctor M. Monsanto Ortega.

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